Discursos, argumentarios y adoquines

Entro en Google por aquello del “fin de la cita” tan repetido por Rajoy en su comparecencia por el asuntillo de Bárcenas y tecleo en el buscador: “citas o frases” y añado el nombre de todos los políticos que se me ocurren, uno a uno, más que nada por echar el rato en esta tarde de agosto sin playa. En segundos, miles de webs que recogen lo dicho por esos políticos en prensa, en entrevistas en la radio o en la tele, en tertulias, en mítines, en el Congreso o en el Senado o en casa de sus padres cuando eran todavía unos chiquillos y ya apuntaban maneras.

De lo primero que te das cuenta es que el nivel del “pensamiento” político de estos líderes y “lideresas” de nuestro presente político no tiene nada que ver con el de sus predecesores.

Adónde va a parar un Carrillo cuando abría esa boquita y hacía temblar al sistema capitalista. Un Alfonso Guerra dando caña de la que ya no se estila en España, digo en el PSOE.

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Un Felipe adornando su pensamiento social liberal con todos los “por consiguientes” posibles en una sola frase como si a cada paso quisiera subrayar que lo que decía iba a misa y estaba muy bien fundamentado, para al final decir exactamente lo mismo que cualquier “liberalote” de tres al cuarto. Ese Felipe (“No se puede tomar a Marx como un todo absoluto. No se puede, compañeros. Hay que hacerlo críticamente, hay que ser socialista antes que marxista”) que logró que el marxismo que había conseguido salir del armario en que le había encerrado el fascismo, volviera a meterse, no ya en el armario, sino en el baúl de los recuerdos.

Y eso quería decir que la lucha de clases debía volverse razonable y adaptarse a los nuevos tiempos. Quiso abrir el partido a la clase media, a la pequeña burguesía; quiso acercarse al centro para poder gobernar y eso exigía hacerle sitio a los que poco tiempo después lograrían que el PSOE dejara de ser precisamente socialista para pasar a ser sucesivamente socialdemócrata (claro que no en el sentido en que usaba el término Rosa Luxemburgo) y después de centro izquierda, eso sí, indeterminada. Aunque dentro sobreviven socialistas, marxistas y socialdemócratas de los de antes de Felipe, esto ya no es lo que era. Y si no, pregunten a sus dirigentes qué ideología define a su partido, verán qué guirigay de respuestas les dan entre risas incómodas.

Sin embargo, Felipe tenía su “aquel”, sabía hacerse con la gente, tenía carisma, era joven, atractivo, con facilidad de palabra y poder de convicción y dentro de los parámetros de aquella democracia que empezaba, resultó ser con gran diferencia el mejor Presidente que tuvo España durante aquellos años.

Fraga Iribarne, D. Manuel, al que no se le entendía nada con ese hablar atropellado, mal acompasado, verborreico, de frases de rotunda sonoridad, que venía a decirnos casi siempre lo mismo, que cualquier tiempo pasado fue siempre mejor, sobre todo si era el pasado franquista, pero que daba un miedo… Como si fuese capaz de resucitar al Caudillo de sus amores tras pronunciar una de sus frases inapelables.

Aquel Pujol llevando de aquí para allá, entre carraspeos inmisericordes, la soberanía de Cataluña adosada a su españolismo moderno y que todavía era el catalán bueno frente al vasco malo, Arzallus, el que dijo aquello de que “unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces” y se quedó tan pancho.

Y Julio Anguita, incansable tras el “sorpasso” soñado, poseído por ese “antipsoeismo” que entonces parecía retrógrado en su primitivismo comunista y que hoy resulta que estaba adelantado a su tiempo. ¡Ay, aquel comunista solemne que se creía firmemente sus propias verdades!

No quiero olvidarme de Adolfo Suárez el de “puedo prometer y prometo”, el traidor al sagrado Movimiento Nacional y a las esencias patrias, que logró darle el cambiazo al Régimen (con mayúscula) de una Ley de Asociacionismo Político por una Constitución democrática (sin previo referéndum Monarquía o República, no fuera que los militares dijeran algo) y que legalizó por partes a la izquierda clandestina.

Suárez hizo más que dijo, en eso le gana a muchos, pero consiguió, seguramente sin quererlo, que el franquismo siguiera existiendo en aquella  primeriza democracia (con minúscula) y que con el tiempo volviera a cantar aquello de “Montañas nevadas, banderas al viento…” y a hacerse fotos en Facebook marcándose unos saludos fascistas como si tal cosa.

Al tiempo que escribo esto, el franquismo está de vuelta en el Gobierno, en la calle, en la prensa adicta, en las redes sociales. Adonde quiera que vayas te lo encuentras incrustado en la mente de esa mitad de “españolitos que vienen al mundo les guarde dios” que son como los percebes de los que habla Rosa María Artal en su último libro.

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Dirán ustedes que casi me salto a José María Aznar y no era mi intención porque este segundón dónde los haya se merece unos renglones ya que, a pesar de su deseo de pasar a la Historia como otro salvador de la patria, solo dejó para la posteridad esa fatuidad suya, esa ridícula pedantería, ese querer y no llegar a ser pongamos que el nuevo gurú del neoliberalismo.

No dijo nunca nada de su propia cosecha, solo repetía y repite lo que otros piensan. Es un copión de Thatcher, de los think tanks del imperio, de la Escuela de Chicago de aquel Milton Friedman que estuvo detrás del golpe de estado del asesino Pinochet, hasta del actor fracasado que fue Reagan. Él solo declama con ese tonillo insufrible, monocorde, a veces con esa vocecilla endeble que pretende esconder al niñato engreído al que un día su papá le dijo que llegaría lejos. Y llegó tan lejos como para ser uno de los culpables de empezar aquella guerra infame y criminal a la que nos llevó de la mano de otros personajillos como él y dejarnos caer encima, junto al 11M, su propia herencia, más, mucho más jodida que la de Zapatero. De Zapatero hablaré otro día, se merece un post para él solito.

Eran así, tenían aquellos defectos, pero eran más coherentes que lo vienen siendo sus segundos. Estrenaban libertades y no era fácil acertar; lo intentaron, pero solo consiguieron esta democracia que se nos ha quedado tan cortita y que tan bien les viene a sus sucedáneos, digo a sus sucesores.

Leyendo esas citas, puedes descubrir que es verdad de la buena lo que nos decían nuestros padres cuando nos veían tropezar una y otra vez en la misma piedra: “Genio y figura hasta la sepultura” o aquello de “Eres incorregible, hijo. Así no llegarás a nada en la vida”.

Rajoy y Rubalcaba, y sus contemporáneos, crecieron políticamente a la sombra de los grandes de la Transición que ya hemos visto más arriba de qué pie cojeaban pero no han logrado igualarles. Ya se sabe que la copia y el original, el clon y el clonado no son lo mismo, que solo lo son en apariencia. Más bien son como la sombra y el árbol que la provoca y es que las sombras no echan ramas ni hojas propias.

Los grandes de la Transición producían frases memorables, discursos bien hilados y coherentes, todo lo que decían estaba basado en sólidos pensamientos, en ideologías consistentes. Escribían artículos en prensa de los que se hablaba durante semanas y que removían o demolían creencias precedentes abriendo caminos nuevos para una nación tan maltratada por la Historia.

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Estos políticos nuestros de ahora solo leen argumentarios escritos por otros, discursos de a real el cuarto sin una sola idea válida que los salve de la mediocridad más evidente, insulsos, vacíos, con más huecos que un árbol carcomido por termitas.

Se echan en cara unos a otros lo dicho a su vez por unos y por otros y lo que nos descubrió Rajoy en su discursito de primeros de mes es que lo que un día dijo Rubalcaba sirve otro día para él mismo y viceversa. Y ése es el discurso que escucha la gente: el mismo discurso compartido por ambos y basado en las citas del contrario: el y tú más.

Y qué me cuentan ustedes de los segundos espadas, todo el día justificando ante los micrófonos de la prensa sus “obras”, sus pecados, sus delitos, sus errores, sus mentiras, sus incumplimientos de programa, su corrupción. Ni una verdad que llevarse a la boca.

¡Que no! ¡Que la política no va de ridículos discursos vacíos! ¡Que la política es el arte, el arte sí, de identificar los problemas y darles solución! ¡Que la política se dignifica en el servicio a los demás y sobre todo a los más débiles!¡Estoy, están ustedes, seguro que sí, hartos de mentiras, hartos de corrupción, hartos de que a los ciudadanos no se nos considere como la verdadera patria! ¡Hartos de recibir todos los palos y no conseguir nunca nada! ¡Hartos de escucharles y no verles hacer nada! ¡Hartos y aburridos de esperar algo bueno de ellos!

Al menos nos queda Internet, y la calle, y los adoquines, que a veces hablan con más claridad y precisión que esos discursos baratos que nos echan encima todos los días.