Inútiles ideas geniales

Algunas veces (desde que comenzó la crisis, casi siempre), el hecho de levantarte inocentemente de la cama, mientras escuchas las noticias que te hacen culpable cada día con su propio amanecer de cada vez más cosas y tomarte tu café con tu media tostada con aceite de oliva y sin jamón, no como antes, porque se ha puesto carísimo y aunque no produce ardores sí que produce culpabilidad por aquello de que es una prueba evidente de que estás viviendo por encima de tus posibilidades, algunas veces, decía, o casi siempre, te levantas (sabiendo que eres la misma buena persona de ayer al acostarte pero no sabes si lograrás seguir siéndolo a la vuelta al catre), y ya no te desayunas sólo esa tostadita y ese café, sino también esas noticias que tienes que tragarte a lo bestia, así en seco, como un ibuprofeno 600 sin agua, cuando más vulnerable estás, antes del primer sorbo de café espeso, casi sólido, que te proporciona un primer asomo de autodominio, que te da la primera oportunidad del día para reaccionar y cabrearte, porque lo que estás escuchando en la radio de la cocina no es sólo “cabreante”, sino absurdo, de una estupidez inconmensurable. Y es que la locutora te está contando esas cosas que se le suelen ocurrir a “expertos de la cosa global”, a “bienpagaos” de su padre y de su madre, de esos que tienen cada mañana o cada tarde grandes e inútiles ideas geniales.

JA insectos 23 .jpgComo la de combatir el hambre en el mundo, encontrar un yacimiento inagotable de empleo, combatir la obesidad y el excesivo gasto médico y farmacéutico y solucionarlo todo de un tirón comiendo insectos, larvas, lombrices, gordos gusanos de la madera, saltamontes, grillos, alimentos todos de grandes propiedades proteínicas y cero grasas, abundantes y baratos de producir, almacenar y distribuir.

Pero como los españoles no sabemos emprender, de hecho muchos no sabemos ni lo que quiere decir ese jodido verbo de la segunda conjugación, seguro que dejamos pasar la oportunidad de sembrar el territorio patrio de granjas y criaderos de bichitos alados, larvas y lombrices ciegas y amantes del arrastre arenoso para humanos insectívoros. No querremos ser peritos cazadores de moscas y otros insectos voladores que caben en la palma de la mano ni tejedores de redes para incautos saltamontes y grillos (éstos pueden salir más caros de criar porque les encanta el tomate y la hoja de lechuga no transgénicos, de cultivo orgánico). No se nos ocurrirá construir almacenes donde contener todos esos productos congelados y envasados al vacío. No veremos las oportunidades que ofrece el negocio de la distribución de esa ingente cantidad de alimentos por el mundo entero. No creeremos que esa producción, ese comercio global, insuflará nueva vida a nuestros puertos, a la construcción naval, al diseño de nuevas vías de comunicación terrestre.

foto_cartel_chuleton_blogs_1Y qué decir de los beneficios que dejaremos pasar para el prestigio internacional de nuestra cocina. Serán otros los que reinventen la paella con tropezones de patitas de saltamontes de Sierra Morena y lombrices de arenas saladas de Sanlúcar de Barrameda o un revuelto de patatas a lo pobre con pimientos verdes de Los Palacios y langostas de plaga bíblica abiertas sobre un lecho de hojas tiernas silvestres regadas con mantequilla de gusanos de manzana.

Dejaremos, como siempre, que esas oportunidades las emprendan otros. Los alemanes, por ejemplo. Esos que nos venden Audis, salchichas, cervezas y otras muchas cosas, nos prestan el dinero para que lo malgastemos en burbujas inmobiliarias y después nos cobran los intereses al precio de derechos laborales y sociales rebajados ad nauseam, al precio de democracia barata porque la de verdad sale muy cara y sólo ellos pueden permitírsela. Y aún debemos estarles muy agradecidos porque siguen viniendo a veranear a España.

En fin, que nosotros, el pueblo, seremos vegetarianos e insectívoros y ellos, los de la pasta, seguirán con el cerdo ibérico, el cochinillo, la ternera de Ávila, el chuletón de buey, las gambas blancas de Huelva, los langostinos de Sanlúcar, los vinos de la Ribera del Duero o de Rioja. Y ellos, los de las inútiles ideas geniales, nos verán beber tetrabrikes de Don Simón y masticar grillos a la piedra muertos de risa.