EL MAYOR PODER DE LA DERECHA ES LA DIVISIÓN DE LA IZQUIERDA

Todo es crisis, sí. Pero todo, vaya que sí, y en todos los ámbitos: la economía, la política, la sociedad, la familia, el sentido de nuestra propia vida personal, hasta el amor está en crisis. Excepto una cosa: nadie se “baja del burro” de sus preconcebidas certezas. Seguir moviendo, con cuchara de palo, el mismo guiso con los mismos garbanzos desde hace décadas, a pesar del hedor que se desprende de la cazuela y del verdor putrefacto que flota en la superficie de una salsa rancia, es algo que no está en crisis. En este país de convicciones cerriles, de tradiciones inmutables, de creencias eternas, el enemigo más odiado es la razón.

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Mantenerla y no enmendarla, parece ser nuestro deporte favorito. Aquí nadie se equivoca, nadie da su brazo a torcer, nadie escucha a los otros, nadie reflexiona sobre los hechos reales. Pero eso sí, todos opinamos, aunque no tengamos ni idea de lo que hablamos. Somos así, individualistas y certeros en nuestras críticas hacia todo lo que se mueve, hacia todo lo colectivo, hacia todo lo que no sea lo de siempre.  Nos puede nuestro propio yo, no entendemos la solidaridad si no es en un solo sentido, el nuestro. Nada de compromiso con los demás, ni siquiera con uno mismo. Dispuestos a cambiar de opinión y de bando enarbolando la bandera de la supervivencia o la de la comodidad del escondite que cada uno se busca.

Y a todo esto, una realidad que nos apunta a la cabeza y nos disparará uno a uno tras fusilarnos en grupo. Las espaldas contra la tapia y todos pensando que las balas no nos alcanzarán porque eso solo les pasa a los demás.

Llegados aquí, puede que el lector piense que me refiero a los de la derecha cerril, a sus acólitos, a los comprados con un plato de lentejas, a los engañados por los medios de comunicación, a los irresponsables que votan en contra de sus intereses, por supuesto que sí. Pero también, a los nuestros o a los que, al menos, pensamos que son los nuestros. A las cabezas pensantes de toda la izquierda, la real o la supuesta, la parlamentaria o la extraparlamentaria, la institucional o la social. También nosotros somos cerriles en nuestras convicciones, tenemos tradiciones inmutables y creencias eternas y la razón es nuestro mayor enemigo. Sólo tenemos que echar una mirada a nuestra realidad para ver la necesidad urgente de “bajarnos del burro” que cada cual defiende desde hace décadas para hacer algo diferente, ilusionante y movilizador que arroje a la basura el guiso de garbanzos podridos que no hay ya quien se coma.

El mayor poder que tiene la derecha no es el poder económico, ni la mayoría absoluta, ni el miedo al paro, ni a perder lo poco que se tiene. El mayor poder de la derecha es la división de la izquierda.

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